martes, 9 de octubre de 2012
HisteriArmonía
Cuando te fuiste creí que te habías llevado hasta el aire, y que solamente me habías dejado tus ojos para llorarlos, que no tenía cómo hacer que mi llanto tenga sonido y color. El color de la tristeza no tiene nombre, son todos. Mi grito de dolor es un arco iris atrapado en una burbuja, sin forma y que nunca estalla, que viaja lejos, que soporta punzadas, que choca con todo y trata de no sentir nada, que se llena de pesares, que pocos son livianos, pero acumulados pueden hasta hacerme sangrar de ira. Y que cuando llega al horizonte, donde ya me olvidé por qué gritaba, mi burbuja densa de sopesares y reflexiones abatidas deshace sus paredes raspadas, lastimadas, cansadas. Dejando caer todo su peso interior encima de los hombros de alguien más, tal vez los equivocados, y el grito puede que pase por sus oídos sin provocar lo necesario.
Me siento sola, y me siento peor que eso. Una burbuja nueva quiere salir y morir al segundo de vida, una burbuja de espinas llenas de tu veneno, del veneno que me hiciste tomar, un ácido que me quemó las alas y me está amargando el corazón. Un tropezón no es caída, todavía me puedo arrastrar y ver todo mi orgullo destrozado... Tengo fuerzas para armarlo de nuevo y bombardearte con la pólvora con la que me llenaste. Pero esto es una simple cadena, porque cuando pegue cada pieza de mi coraje, el amor que llevo adentro lo va a disolver todo, y otra vez me va a tapar la boca, y va a empujar esta burbuja bien lejos, muy lejos, donde no la puedas escuchar.
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