jueves, 31 de mayo de 2012

Diez+Ocho

Cerrabas los ojos, no sé si era el cansancio o si solamente querías despertar del sueño que era mío.
Yo estaba sentada en tu regazo, escuchando el suspiro que librabas entre cada beso. Teníamos el corazón prendido fuego, y las manos tan heladas que parecían de otro rompecabezas, pero no te importó. Las hiciste tuyas, las pegaste a mi espalda como pensando que el frío no traspasa mi piel. 
El tiempo me cortó las alas, pero alargó los minutos y me aferró a la porción de cariño que trajiste para mí en un bolsillo.
Yo estaba sentada en tu regazo, adornabas ese banco de la plaza, tan desierta, eras una obra de arte que solamente yo admiraba. Envueltos en la brisa de la madrugada, añorando más estar cubiertos de piel y sábanas, estábamos ahí y lo demás apenas valía nada.
Yo estaba sentada en tu regazo, y tus manos caminaban por mis piernas regalándome cosquillas, y un beso tuyo acarició mi cuello, incendiando las hojas de un otoño que creía permanente. Y tus ojos me recordaron a ese sabor que desconozco.
Yo estaba sentada en tu regazo, pensando en la mejor manera de morir. ¿Qué más podría pedir? Respirando suave, profunda e imposiblemente relajada, mecida entre el calor de tus brazos y tu pecho sin otra prenda que el mismo aire, después de repasadas esas líneas que todavía no ensayamos, con mis labios impregnados del perfume de hasta la mas ínfima parte tuya, cansada de buena gana, con las manos gastadas por tu piel, con una euforia tranquila y un alma privilegiada, afortunadamente feliz, hipnotizada por la calma de tu presencia, cerrando los ojos sin olvidarte, escuchándote respirar, me desprendo así de mi cuerpo...
Pero yo estaba sentada en tu regazo, más feliz así, olvidando una vez más el tiempo, recordando que tu amor se limitaba hasta un momento que no quise ver.

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